Gordito Feliz


Cuento corto, co-escrito durante el confinamiento domiciliario por la pandemia de covid 19.

Gordito Feliz, como era su costumbre, a pesar de sentir una especie de letargo y cierta dificultad para moverse, se encontraba listo para salir a trabajar. Solo era cosa de que esa maquinaria, gordi-feliz, pero un tanto pastosa, se decidiera a arrancar. ¡A conquistar el mundo!, resonó la frase en su interior llenándolo en un instante de la fuerza y energía necesarias para la jornada por venir. ¿Dónde habría escuchado esa frase por primera vez? No lo recordaba a ciencia cierta, era joven y algunas cosas, a veces, no le importaban demasiado. Era un gordito feliz.


Gordito Feliz, de vez en cuando se veía al espejo y se reía de esos indomables mechones en su cabello que le dificultaban peinarse y hacían que su redonda imagen tuviera un aspecto muy cómico. Pero era un gordito feliz y él se sentía guapo. Otras veces, se entretenía apretando con sus deditos regordetes las infladas lonjitas de grasa que rodeaban su amplia cintura, haciendo con ellos una pinza que daba la imagen de aquellas pinzas con las que se toma una dona espolvoreada de azúcar. Quizá no debiera ser gordo, —Tengo que ponerme en forma— pensaba con una cierta preocupación que de inmediato se desvanecía ante la emoción de saber que muy pronto pasarían por él para llevarlo al trabajo.

Estaba listo.


Ese día, junto con un nutrido grupo de compañeros de la empresa, todos gorditos felices y dispuestos como él, para ir a trabajar, hubo de aguardar por un largo rato, como era usual, la llegada del vehículo, que aunque grande y airoso, no siempre estaba tan limpio como debiera. Pero al fin, feliz, subió con los demás en medio de risas y canciones que todos cantaban al unísono.


Gordito Feliz era un empleado de excelencia y estaba convencido de que nadie mejor que él para cumplir con la importante tarea que les encargaban en la empresa. Por esa razón no dejaba de revisar a cada tanto el equipo que llevaba consigo. Su misión era tomarse todas la selfies posibles, desde todos los ángulos imaginables y cubriendo la mayor parte del área del sitio en el que pronto estaban por dejarlo. Ese era su trabajo y Gordito Feliz estaba seguro de que lo desempeñaría mejor que ningún otro. No comprendía del todo por qué su cara debía aparecer en todos lados ¿de qué servirían tantas réplicas suyas? Labor un tanto extraña, sí, pero que, a fin de cuentas, para eso lo contrataron y eso iba a hacer, feliz, desde luego.


El vehículo se detuvo en el lugar que le habían asignado para trabajar: un bosque lleno de árboles, plantas y flores. Bajó con la certeza de que volverían por él al fin de la jornada. Desde el primer momento advirtió la frondosidad y colorido del paraje, pleno de belleza y vida. Con la felicidad propia de un gordito feliz, aprestó sus herramientas para poner manos a la obra. Escogió rápidamente la perspectiva que consideró más adecuada para la primera selfie, que tomó y revisó con entusiasmo. Rio, feliz, al ver su cara redonda, con los mechones rebeldes que no podía peinar y, más que nunca, simpatizó consigo mismo. —Qué buena selfie—Aunque, sin duda, podría hacer algo mejor, reconsideró casi al instante.


De ahí en adelante continuó laboriosamente, mientras salían y salían selfies, una tras otra y que cada vez parecían inmejorables. Al cabo de un tiempo y cuando casi había agotado los encuadres del entorno, se puso a admirar su trabajo sintiéndose satisfecho; la última imagen era la mejor. Le pareció estar ante la selfie perfecta. Sí, su sonrosado y cachetón rostro feliz se veía impecable, con su cabello rebelde hermosamente contrastado con ese fondo frío y gris. ¿Qué? ¿Frío y gris? La visión lo sacudió como si un golpe inesperado en la panza lo hubiera detenido en la más veloz de las carreras. —¿A dónde se fue todo ese color? — pensó. Tembloroso y desconcertado, Gordito Feliz apartó titubeante la mirada de su propia imagen en la selfie para advertir, por primera vez, lo que podía verse en derredor. Apenas dibujados entre los tonos percudidos y ocres del fondo, encontró lo que parecían un par de ojos tristes y desesperanzados de un pequeño y asustado conejo bigotón. Y atrás de él, un poco más allá: un ardilla aterrada, en otra una golondrina que parecía llorar, De pronto, aparecieron ante sus propios ojos, nunca antes tristes, un millar de otros, igual de apesadumbrados que los del primero. Dejó caer los brazos para observar a su alrededor y confirmar con profunda amargura la realidad que sus selfies habían captado sin que él jamás se hubiera percatado.


Nunca antes se había detenido, nunca antes pensó que podía haber algo más allá de sí mismo y de su enloquecida multiplicación, mientras más gris era el paisaje, el gordito feliz tenía más color y su corazón supo sin duda alguna que era él quien les robaba los colores, era como si su cuerpo los absorbiera y dejara todo alrededor chupado y sin vida. Nunca antes sintió compasión. Presa de la angustia, quiso gritar para decirles a todos los gordos felices que junto a ellos había seres infelices que perdían el color, como víctimas involuntarias de su egolatría que no les dejaba ver más allá de su cara en primer plano. Gritaba pero nadie lo oía, estaban lejos, sin duda tomando también miles de inútiles y malignas selfies. De pronto, llegó a su mente la idea más absurda, pero que parecía ser en ese momento la más sensata. Decidió tomar, esta vez sí, la selfie más rara de todas, una que nadie hubiera imaginado ni en un millón de años: Una “selfie sin él”. Al hacerlo pudo comprobar sus sospechas: el mundo, con su ausencia en el cuadro, recuperaba el color y la vida. Todos esos estúpidos gorditos felices podrían ser testigos de una realidad que era invisible para ellos.

Abrazó la selfie sin selfie y partió apresuradamente a esperar al vehículo donde pronto podría mostrar a todos su trascendental descubrimiento. —El mundo podrá ser diferente.

Como era usual, Gordito Feliz esperó, y esperó al autobús que, esta vez, nunca llegó.


En el laboratorio P4 del Instituto de Virología, en Wuhan, China, el Dr. Yuan Shiming observa en la pantalla de su microscopio electrónico la imagen del último gordito feliz en la muestra: un coronavirus SARS-CoV-2. Fuera del laboratorio sus asistentes redactan el correo electrónico que anuncia al mundo, por fin, la exitosa prueba definitiva de un medicamento capaz de curar totalmente el covid 19 y exterminar por completo al virus.

—Adiós, gorditos…, piensa mientras contempla la figura del virus que se desvanece entre los tonos percudidos y ocres del monitor, —reciban por fin su merecido.

Ciudad de México, abril de 2020


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