La música no es como la leche


Mi querido y extrañado Francisco Curiel, quien era poseedor de una inteligencia empírica envidiable, solía decirme: "Una de las grandes ventajas de producir música es que no tiene fecha de caducidad".

Y tenía razón.

Los gustos musicales van, vienen y los estilos que parecían perdidos en el olvido, en un parpadeo, se ponen de moda una vez más. Igualmente, aquella antigua composición cuyo destino efímero la llevó al cajón de los recuerdos, cuando menos lo esperas, vuelve a la vida.

Ahora me encuentro revisando una colección de piezas para arpa que habré escrito hace más de diez años y que, por una cierta y feliz casualidad, cayó entonces en manos de una talentosa joven estudiante. Es ella ahora miembro del comité organizador del Concurso Internacional de Arpa 2016 y, por su mediación, recibí la invitación para autorizar que estas piezas formen parte del repertorio obligado de los competidores.

¡Qué felicidad! Ese cajón de los recuerdos se convirtió, una vez más, en un instrumento indispensable en mi estudio de trabajo y además, abrirlo trajo a mi memoria no solo la música, sino los viejos afectos guardados en esa otra cajita que uno lleva en el corazón.

Consejo de oro para los compositores noveles (y para muchos escépticos experimentados): no desechen nunca una obra, por más inútil que parezca.

Uno, más cuando se es músico, nunca sabe.


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